¿Quieres rapidez o precisión?

“¿Quieres rapidez o precisión?”, le preguntó mi papá a mi mamá mientras escarbaba en un cóctel de camarones (tamaño grande) buscando los que venían al fondo para compartírselos.

Me reí. Pero en el gran escenario de las cosas, qué pregunta tan pesada.

(Y sí: sé perfectamente que esto suena al inicio de un post insoportable de LinkedIn tipo “fui a comer mariscos un domingo y estas son mis 3 lecciones de liderazgo ágil”. Perdón por eso. Pero sé que quienes me leen por acá saben que no vengo a venderles fórmulas mágicas de productividad ni recetas para monetizar el fin de semana; la pregunta simplemente se me quedó atravesada).

La pienso porque vivimos bombardeados por esa promesa: cursos de productividad extrema, hacks para hacer en diez minutos lo que toma tres horas, talleres para optimizar cada segundo muerto del día. La prisa es el producto más vendido de la década.

La pienso también cuando recorro Monterrey esquivando obras a medio terminar que, según nos juraron hace meses, iban en “tiempo y forma”. Obras para las que una y otra vez nos pidieron paciencia. Qué cómodo resulta pedir paciencia cuando quien la sufre no tiene otra opción más que esperar atorada en el tráfico, intuyendo que las prisas van a entregar pavimento cuarteado a los tres meses. (Y de paso: qué molesto es ver monumentos y estatuas pintados de naranja por toda la ciudad, como si un perro estuviera marcando territorio).

Y la pienso cuando alguien en la oficina corre desesperadx por cerrar un sprint antes del viernes, recortando pruebas y pegando parches con tal de cumplir la fecha prometida a la dirección antes que la competencia.

Quienes programan le llaman deuda técnica, pero en realidad es el clásico tarjetazo: hacer las cosas de prisa para salir del paso es pedirle prestado tiempo al futuro. Te compras velocidad en el momento a cambio de tener que rehacerlo bien después. El engaño está en creer que la cuenta nunca llega. Pero llega: cada hora perdida corrigiendo lo que se entregó a medias, remendando presentaciones al vapor o esquivando banquetas rotas es el interés que te cobran por haber querido llegar primero.

La pregunta de mi papá era solo sobre camarones, y mi mente se fue volando. Pero allá afuera, el sistema insiste en que elijamos la velocidad porque es lo único que luce bien en una métrica o en una foto de corte de listón. La precisión, en cambio, no hace ruido; no busca aplausos inmediatos, solo busca no venirse abajo mañana.

Tal vez la verdadera decisión nunca ha sido si preferimos rapidez o precisión.

Tal vez es: ¿cuánto interés estamos dispuestxs a pagar después por la ilusión de haber llegado antes?

Monica Aranda

Mexican, female. 30 something years old. Graphic designer & Film-watcher

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