Solo estaba jugando
Hace unos días subí una Note en Substack (esa plataforma que todavía no entiendo del todo, pero cuya interfaz me gusta más de lo que debería). Escribí más o menos esto:
Mi libro y mi blog se llaman “Nunca des el 100” y te platico lo que sucede cuando nos entregamos en demasía a todo.
¿Pero te digo dónde sí hay que dar el 100?
En disfrutar la vida.
Pensé que era claro. Una persona respondió:
¿Cómo se ve dar el 100 en disfrutar la vida?
Me quedé mirando la pantalla un segundo de más. No porque la pregunta fuera agresiva. Más bien porque me resultó incómoda de una forma que no supe nombrar de inmediato, y eso me pasa a menudo. Como si el disfrute necesitara un demo reel. Como si alguien hubiera pedido el tutorial del disfrute.
La señora que me inspiró esa Note tiene edad avanzada, streamer de videojuegos, fanbase enorme, y narra sus partidas con una mezcla de concentración y regocijo que se siente rebelde en una época que romantiza el agotamiento y el tiempo “productivo”. Ella no está optimizando la diversión. Está adentro. Se le nota en la voz cuando algo le sale bien y también cuando algo le sale mal. Ese “estar adentro” me pareció una de las metas más ambiciosas y deseables para mi que he visto en mucho tiempo.
Y entonces regreso a la pregunta: ¿cómo se ve dar el 100 en disfrutar la vida?
Se puede ver así: dejar que la comida se enfríe porque la conversación con esa persona estaba mucho mejor.
O perder tres horas en un juego que no “sirve” para nada profesional.
O reírte fuerte en un lugar donde se supone que hay que reír con moderación.
O no documentar el momento porque estabas demasiado ocupada viviéndolo.
También se puede ver completamente distinto para cada persona. Y ahí está el punto que me incomodó: la necesidad de que se vea de alguna forma específica. Como si el disfrute, para contar, tuviera que ser legible, medible, compartible o, en el peor de los casos, productivo.
Justo por estos días estuve en un restaurante-bar con temática de videojuegos. Había maquinitas clásicas por todos lados. Estábamos jugando y yo, sin darme cuenta, había entrado en modo competencia: medía, comparaba, me frustraba cuando perdía, me decía internamente que era mala. Hasta que mis amigos me lo hicieron notar. No con un discurso. Más bien con la forma en que ellos estaban: metidos, riendo, sin llevar la cuenta de quién iba ganando. Me recordaron, sin decirlo tan explícito, que el punto no era demostrar que sabía jugar. El punto era jugar.
En cuanto a la señora streamer. Ella no parece estar preguntándose si está dando el 100 en disfrutar. Simplemente está jugando. Y la gente se queda a verla precisamente porque se nota que no está representando el disfrute: lo está teniendo. Esa diferencia es más radical de lo que parece.
A veces me pregunto si la pregunta no era realmente “cómo se ve”, sino “cómo se demuestra”. Y si el problema no es que no sepamos disfrutar, sino que nos han enseñado a desconfiar de cualquier placer que no venga acompañado de justificación.
¿Cómo se ve, entonces, dar el 100 en disfrutar la vida?
Tal vez se ve a alguien que, por un rato, dejó de necesitar que se vea.