Pequeños gestos, grandes reacomodos

Hace unas semanas le comenté a mi equipo lo muchísimo que había cambiado mi vida… solo porque finalmente volteé el colchón de mi cama.

Era una acción que estuve posponiendo por días, semanas y meses. Hasta que un día, en unos veinte segundos, me convencí de hacerlo. Mi calidad de sueño y de descanso mejoraron de forma casi instantánea. A partir de ese cambio me sentí como si estrenara ropa nueva.

Nada como estrenar ropa nueva para sentirse diferente. Ese día se trae algo extra en esa armadura que a veces es nuestra ropa. Yo, particularmente, me siento extra motivada cuando estreno ese par de tenis nuevos. Hay algo en lo fresco, en lo intacto, que reordena un poco la percepción de uno mismo.

Un cambio pequeño puede hacer la diferencia. Pero también un cambio más grande, por ejemplo, salir de ese trabajo tóxico, logra que algunas personas rejuveneczan.

Si quisiera aclarar, antes de continuar, que no estoy haciendo referencia a “Hábitos Atómicos”.

No porque no haya leído ideas parecidas, sino porque hay algo en ese enfoque que no me cierra del todo. Asume demasiado fácil que cualquiera puede rediseñar su entorno, sostener la rutina perfecta y “optimizar” su vida. Como si todos tuviéramos el mismo tiempo, la misma energía y las mismas condiciones.

Y, honestamente, a veces ese discurso de los pequeños cambios que se acumulan hasta volverse extraordinarios termina generando más presión que alivio. No todo gesto tiene que sumar. No todo minuto tiene que rendir.

Aun así, sigo creyendo en el poder de ciertos gestos mínimos.

No como fórmula de productividad, sino como señales de que todavía estamos intentando cuidarnos en medio del desorden. ¿Recoger ese bulto de ropa que nada más cambia de un lugar a otro? ¿Serán estas señales de una salud mental en deterioro… o, por el contrario, de que todavía hay algo en nosotros que se niega a rendirse del todo?

Tal vez sea algo parecido al efecto mariposa: el aleteo mínimo de una mariposa que, en la teoría del caos, puede desencadenar una tormenta del otro lado del mundo. En la vida cotidiana (sin duda) no necesitamos tormentas. A veces basta con que un colchón deje de estar “del mismo lado de siempre”, con que una pila de ropa deje de ser un recordatorio silencioso de postergación, o con que un par de tenis nuevos nos recuerden que todavía podemos estrenar algo (aunque sea solo una sensación).

No se trata de transformarlo todo de un día para otro ni de construir sistemas perfectos. Se trata de reconocer que hay gestos que están a nuestro alcance, cuando el alcance existe, y que, cuando los hacemos, reordenan un poco más de lo que pensábamos. El sueño mejora. La energía cambia. La perspectiva se aclara un milímetro. Y ese milímetro, a veces, es suficiente para que el resto empiece a moverse.

Así que esta semana me quedo con esta pregunta sencilla:

¿Qué pequeño aleteo puedo hacer hoy que, sin pretenderlo, mueva un poco más de lo que imagino?

Porque a veces el cambio más poderoso no es el más grande.

Es el que finalmente dejamos de posponer… cuando podemos.

Monica Aranda

Mexican, female. 30 something years old. Graphic designer & Film-watcher

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