Trabajas para facilitarte la vida

Te pinto la escena. Estábamos comiendo tacos en la reunión mensual, con las amigas de verdad, no las de "hay que vernos más seguido" que nunca se ven, mientras las bendiciones le llenaban las manos de stickers a una de las tías. Ahí estábamos: unas mamás, unas casadas, otras vagando por la vida como quien no sabe todavía en qué categoría entrar, porque no le gustan las que existen y tal vez, se esta creando la suya propia. Y en algún punto, la dueña de la casa suelta una frase de su papá: "trabajas para facilitarte la vida."

Yo asentí. Pero por dentro empecé a hacer cuentas de todas las formas en las que esa frase me aplica solo a veces.

Porque sí, hay días en los que compro boletos para el próximo concierto de Rosalía y pienso "para esto trabajo." Y hay otros días, la mayoría, en los que veo el estado de cuenta y algo en mí se pone en modo búnker. No es que no tenga para gastarlo. Es que gastarlo se siente como una traición a alguien que ni siquiera sé quién es.

Y si soy honesta, esa sensación no nació de grande. Es más vieja: ese "y si no me alcanza" que aprendí a sentir desde niña, antes de siquiera pedir algo, porque el entorno ya te había enseñado que no debías pedirlo porque costaba. No es que alguien te lo dijera con esas palabras. Es que lo aprendes viendo, como se aprende todo lo que de verdad se queda.

Resulta que hay estudios que dicen que la relación con el dinero se forma entre los 5 y los 10 años, a punta de observar e imitar lo que hace tu entorno: quien creció donde gastar era motivo de tensión tiende al ahorro compulsivo de adulto, mientras quien creció sin esa fricción gasta sin pensarlo tanto. Y hay algo todavía más específico: le llaman "trauma económico", perder seguridad material de niño, o crecer en inestabilidad, deja un miedo constante a la falta que después te paraliza para invertir, planear o simplemente comprar el boleto sin sentir que estás cometiendo un error moral.

Ahí está el asunto: las finanzas personales no son un tema de matemáticas, son un tema de terapia con calculadora. Nadie nace con miedo a gastar. Ese miedo se hereda, se aprende, se construye a punta de historias familiares sobre lo que pasa cuando el dinero se acaba, o peor, sobre lo que dice de ti que lo gastes en algo que no es "necesario." Y una vez que ese miedo se instala, no distingue entre gastar irresponsablemente y comprarte un boleto para ver a la única persona que te hace sentir algo genuino en un concierto.

Lo curioso es que acumular tampoco es virtud. Se disfraza de responsabilidad, de "estoy siendo prudente," pero muchas veces es solo miedo con mejor relaciones públicas. Guardar por guardar, sin destino, sin plan, es la misma ansiedad que gastar sin medida, nada más que esta versión no se reprocha.

Y aquí hay que ser honesta: todo esto que describo es un lujo. Hay una escena de Atlanta donde Earn explica que la gente pobre no tiene tiempo para invertir porque está demasiado ocupada tratando de no ser pobre. Y esa frase se me quedó muy guardada, incluso ahora estoy dudando si ya la he mencionado aquí antes, porque mi bloqueo con el dinero es psicológico, una herencia emocional, pero el suyo es matemático: no hay margen que gestionar, no hay boleto de Rosalía en discusión, solo hay sobrevivir el mes. Que yo pueda debatir conmigo misma si merezco gastar en algo que quiero, y no en algo que necesito, ya es una posición desde la que muchos ni siquiera arrancan.

No se trata de elegir entre ser cigarra o ser hormiga. Se trata de preguntarte, cada vez que dudas antes de pagar algo que sí quieres y puedes, si es tu presupuesto el que está hablando o es el miedo de alguien más que se quedó viviendo en tu cabeza.

Yo sigo sin tener la respuesta perfecta. Pero al menos ya sé reconocer cuándo es Rosalía la que gana la discusión, y está bien que a veces gane.

Monica Aranda

Mexican, female. 30 something years old. Graphic designer & Film-watcher

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