La sala que esperó

Segunda historia del mes de terror. La primera tenía una escalera; esta tiene una sala llena de gente.

Nico había dado esa charla tres veces. Podía darla dormido, y esa noche, a juzgar por lo que vino después, quizá lo estaba.

Sesenta personas en la sala. Luces tenues, un proyector zumbando, el clic limpio del control remoto. Nico dijo “Entonces, vamos a verlo en vivo”, como se dice siempre, y le dio enter a la demostración.

La pantalla se quedó fija.

Primero no pasó nada, que es distinto de que pase algo malo. Nico movió el cursor y el cursor no se movió. Presionó una tecla, luego otra. En la pantalla gigante, el escritorio seguía ahí, enorme, con la carpeta equivocada abierta y la hora marcando las 7:42.

El ventilador de la laptop empezó a girar más fuerte. Nico lo sintió en las yemas de los dedos, una vibración caliente, de algo que se esfuerza por nada.

—Denme unos minutos —dijo, con la voz de quien dice “no pasa nada”—, voy a reiniciar.

Nadie contestó. Eso fue lo primero que Nico notó, mucho antes de entender por qué le molestaba. Siempre hay alguien que contesta algo: un “claro”, una risa, un chiste sobre la ley de Murphy. Esta vez, ni eso. Mantuvo el dedo sobre el botón de encendido hasta que la pantalla se apagó.

Y entonces la sala quedó en silencio, un silencio sin ruidos ajenos. Nico se asomó por encima de la tapa de la laptop.

Sesenta personas, de frente, sin moverse.

No miraban el celular. No cuchicheaban ni se estiraban. En la tercera fila, alguien había empezado a toser un segundo antes de que todo se apagara, y la tos se había quedado así, detenida, con la mano a medio camino de la boca.

La pantalla negra del proyector devolvía el reflejo de la sala. Nico contó respiraciones y no encontró ninguna.

La laptop encendió con un pitido que sonó demasiado fuerte. Apareció el logo. Luego la barra de carga, apenas un hilo, que se reflejó, diminuto y blanco, en los lentes de alguien de la segunda fila. Avanzó un poco. Se detuvo. Nico oyó su propio pulso en los oídos y pensó, con una claridad que le pareció ajena: se supone que ya pasó un minuto. Miró el reloj. Habían pasado nueve segundos.

—Ya casi —dijo, sin que nadie hubiera preguntado.

Seguían sin moverse. Esperaban con una paciencia que Nico no había visto nunca en ninguna sala, ni en ninguna persona. No era cortesía. Era la paciencia de quien puede esperar todo lo que haga falta.

La barra llegó al final. El escritorio volvió a aparecer, y la carpeta correcta se abrió sola. Todo funcionaba. Nico exhaló.

Y en la tercera fila, la persona retomó la tos exactamente donde la había dejado.

¿Cuál ha sido tu minuto más largo frente a otras personas?

Monica Aranda

Mexican, female. 30 something years old. Graphic designer & Film-watcher

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