La escalera

Este octubre, historias de terror. Una por entrada, un miedo distinto en cada una. Empiezo con una escalera.

Cuando Ale entró a la empresa, la escalera estaba iluminada. Así de simple. Cada escalón tenía su número pintado y en cada descanso había alguien con una sonrisa y un sobre. Sabías cuántos escalones faltaban, cuánto pesaba el sobre y quién te esperaba arriba. Nadie pensaba mucho en la escalera. ¿Para qué, si se veía?

Luego cambiaron de dueños. El edificio amaneció más grande por dentro que por fuera, repintaron las paredes y los números se quedaron, pero ya no coincidían. El cinco venía después del once. Había un escalón sin número y otro con un número tachado a mano. Los sobres existían, eso sí lo aclararon varias veces. Estaban "en proceso".

Ale subió de puesto, que era lo que quería. (Sí lo quería, a ver, no es tragedia con moño.) Le dieron un equipo de cinco personas y una linterna.

La linterna era el trabajo: contar bien la historia del equipo. Cada vez que alguien preguntaba "¿y cuánto falta?", Ale levantaba la luz y decía "ya casi". Y lo decía en serio. Ahí estaba lo difícil: Ale creía. Tenía que creer. Arriba tenía que haber un descanso, un sobre, alguien con una sonrisa, porque si no, ¿para qué habían subido todos hasta ahí? Ale confiaba en esa escalera como se confía en el piso: sin haberlo verificado nunca.

Pero la luz alcanzaba para tres escalones. Más allá, nada.

Y la oscuridad no se queda afuera, se mete. Ale la sintió primero en el estómago, un nudo que no se aflojaba ni comiendo. Luego en la mandíbula, que amanecía apretada, como si hubiera pasado la noche mordiendo algo. Luego en las manos, que revisaban el celular a las once de la noche por si alguien de arriba había contestado. Nadie contestaba. Lo que llegaba eran notas deslizadas bajo la puerta, con letra apurada: Que se sienta más… pero sin que se note. Para ayer, con calma. Una vez llegó una hoja completamente en blanco con un post-it: ya sabes qué hacer. El equipo la entregó revisada. Nadie preguntó nada. Cuando llevas años trabajando con instrucciones así te vuelves experto en adivinar, y adivinar, como el miedo, se hace músculo.

Una madrugada, Ale bajó a contar los escalones. Cuarenta. Volvió a contar: cuarenta y uno. Subió contando: treinta y nueve. No es que la escalera cambiara. Es que no había forma de saberlo, y eso era peor. Se sentó en un escalón sin número y puso la palma sobre el cemento frío, como quien le toma el pulso a algo. Si esto no lleva a ningún lado, pensó, no será solo mi error. Serán cinco pares de pasos.

Arriba se oían los pasos del equipo, tranquilos, parejos, de gente que confía. Porque Ale dijo. Y Ale, que también confiaba, entendió por primera vez que confiar y garantizar eran verbos distintos, y que a nadie le habían avisado.

Entonces la linterna parpadeó. Ale la apagó un segundo, solo uno, para ahorrar batería. En ese segundo, todos los pasos de arriba se detuvieron a la vez. Ni un murmullo. Estaban esperando la luz.

Ale la encendió, con el pulso en la garganta. "Aquí sigo", dijo. "Ya casi."

Y esta vez, por primera vez, no supo si lo decía porque lo creía o porque ya no sabía decir otra cosa.

Los pasos siguieron.

Nadie le preguntó nunca por qué la escalera tenía pegados en cada pared los planos de otra escalera, una para mil personas, como si algún día fueran a servir.

¿Qué escalera estás subiendo tú?

Monica Aranda

Mexican, female. 30 something years old. Graphic designer & Film-watcher

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