El mito del diamante
Esta semana le platiqué a mi papá de un video que hice, una especie de documental casero donde intento recolectar la cultura del desgaste en Monterrey. Cómo hablamos del cansancio como si fuera una medalla, cómo medimos el valor de alguien por cuánto aguanta antes de tronar. Mi papá es ingeniero químico jubilado, así que cuando le conté de qué iba el video, no me dio una opinión, me dio un dato.
Me dijo que nos venden la idea de que los diamantes se forman bajo presión, como si esa fuera la moraleja completa: aprieta lo suficiente y algo valioso va a salir del otro lado. Pero que en realidad (y aquí es donde se puso interesante) ni siquiera es cierto que vengan del carbón comprimido. Son procesos que no se tocan. El carbón se forma cerca de la superficie, con materia orgánica; los diamantes vienen de carbono que lleva ahí, en el manto de la tierra, muchísimos años. Y no es un proceso continuo. Se interrumpe. Se detiene. Retoma miles de años después, cuando le da la gana.
Mi papá remató con que el proceso es absurdamente largo. Ese fue su comentario. La conclusión de que esa moraleja/presión no vale la pena el resultado ya es mía, no de él.
Y ahí me quedé pensando en esas cosquillas que a veces siento cuando cuestiono un sistema que, en teoría, "así son las cosas". Esta historia del diamante nos la enseñan en las juntas de motivación, en los posts de LinkedIn con fondo negro, en el discurso del líder que "también empezó desde abajo": la presión es el precio, el resultado es la prueba de que valió la pena. Nunca nos cuentan la otra parte, la que mi papá sí sabe porque pasó su vida trabajando con procesos: que la mayoría de las cosas sometidas a presión extrema durante mil millones de años no se convierten en nada. Se convierten en grafito. En una roca más.
Mi papá se quedó en el dato: el proceso tarda una eternidad. Yo soy la que da el salto y dice que, si tarda tanto y casi nunca funciona, entonces la presión no vale la pena el resultado. Es mi lectura, y la dejo en claro, porque le quita a la presión su aura de destino inevitable y la regresa a lo que realmente es: una elección de diseño. Alguien decidió que ese fuera el proceso. Alguien puede decidir que no lo sea.
Aunque tampoco quiero irme al otro extremo y decir que toda presión es inútil. En los eventos de Mavericks que organizo he visto justo lo contrario: presión puntual, con propósito, con fecha de salida, sí produce algo que vale la pena. La diferencia no está en si hay presión o no, está en si tiene límite. Una fecha límite real, un reto que elegiste, la tensión de aprender algo difícil en un fin de semana: eso puede cristalizar en algo. Lo que no vale la pena es la otra versión, la que no tiene fecha de salida, la que se vende como virtud permanente y nunca como una elección que puedes dejar de hacer.
Yo no quiero pasar muchos años esperando a ver si algo de mí se cristaliza bajo una presión que nunca se va a detener. Prefiero ser grafito a propósito: útil, cotidiano, sin necesidad de que nadie me apriete primero para demostrarlo, que te manche los dedos. Y cuando sí elijo la presión, que sea corta, que sea mía, y que tenga fecha de salida.