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SE REFIERE A REALIZAR ACTIVIDADES CON EL MÍNIMO ESFUERZO, SE REFIERE A PREGUNTARSE DOS VECES EL PORQUÉ DE LAS COSAS Y SE REFIERE A LA ACEPTACIÓN DE LO QUE SOMOS.

El chisme que nadie pidió que nos quitaran

El chisme que nadie pidió que nos quitaran

Carol H. Solís (una de mis periodistas de confianza) lo contó en un podcast, casi de pasada, como quien suelta una verdad sin avisar: un grupo de mujeres con recursos donó lavadoras a una comunidad de mujeres de bajos ingresos. Buena intención, acción concreta, problema resuelto. O eso creyeron.

Lo que no vieron (porque no preguntaron) es que lavar ropa a mano no era solo lavar ropa. Era la hora del día en que esas mujeres salían de sus casas, se juntaban, se contaban la vida. Era el chisme. Era el descanso disfrazado de obligación. Era, si le queremos poner nombre bonito, su red de salud mental comunitaria.

Las lavadoras llegaron. La hora desapareció.

Aquí es donde se pone incómodo, porque los dos lados de esta historia tienen razón y ninguno gana del todo.

El privilegio de quien dona tiene un punto ciego casi estructural: asume que lo que a mí me falta es lo que a ti te sobra. Que eficiencia es siempre mejor. Que el tiempo "liberado" se va a usar en algo más importante que platicar. Lo que no se pregunta es: ¿liberado para qué? ¿Según quién?

Y de paso, esto me recuerda a todas esas publicaciones que celebran el tiempo que te "libera" la IA al optimizar tus tareas. Poco se habla de que hay procesos que no queremos que nadie nos quite, porque disfrutarlos es parte del punto.

Pero tampoco podemos romantizar tanto la precariedad que digamos "mejor dejarlas lavando a mano porque así se ven". Eso también es un error. La pregunta que faltó era la más simple: ¿les preguntamos a ellas?

No se la hicieron.

Esto pasa todo el tiempo, en escalas distintas. En campañas de comunicación que hablan sobre las personas en lugar de con ellas. En productos diseñados para un usuario imaginario. En políticas públicas construidas desde escritorios muy lejos del problema. En equipos de trabajo donde alguien "optimiza" un proceso sin preguntarle a quien lo ejecuta qué es lo que en realidad necesita.

Conocer a tu audiencia no es un tip de marketing. Es un acto de respeto básico. Es aceptar que tú no sabes mejor que la otra persona qué le hace falta.

Y el chisme, ese rato sin agenda, sin productividad, sin propósito declarado, tiene un valor que no cabe en ninguna métrica. Las conversaciones que no sirven para nada son, muchas veces, las que más sostienen.

Dárselo o quitárselo sin preguntar es igual de agresivo.

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