Cuando el amor no alcanza
Esta semana se celebró el día del amor y la amistad, y dos historias me dejaron el corazón algo apachurrado. No de esas que te dejan sin palabras, sino de esas que te hacen preguntarte cómo le seguimos haciendo para construir un país mejor cuando parece que los caminos están llenos de obstáculos.
La primera historia es la de nuestros atletas de invierno. Sí, esos guerreros que compiten en Milano-Cortina 2026 representando a México en deportes que ni siquiera podemos practicar aquí porque, bueno, no tenemos nieve. Regina Martínez, Allan Corona, Donovan Carrillo, Sarah Schleper... nombres que deberían ser celebrados en grande, pero que en realidad han tenido que financiar gran parte de su sueño olímpico de su propio bolsillo.
Imagínate esto: entrenadores que cobran hasta 150 dólares la hora, equipo especializado que cuesta más de 20 mil dólares por temporada, viajes constantes a Canadá, Estados Unidos o Europa. Y todo esto mientras trabajas en lo que puedas para juntar dinero, porque las becas llegaron tarde o fueron insuficientes. CONADE les da 15 mil pesos si no quedan en el top 16. Quince mil pesos. Para entrenar en la nieve del otro lado del mundo.
El Comité Olímpico Mexicano destinó entre 5 y 7 millones de pesos para logística en estos juegos, lo cual suena a mucho dinero hasta que te das cuenta de que apenas alcanza para lo básico: hospedaje, comida, traslados. El resto, lo verdaderamente importante, como el entrenamiento de calidad que te lleva a ganar medallas, queda a cargo de los atletas y sus familias. Muchos de ellos solo pudieron seguir adelante gracias a becas internacionales. Sin infraestructura nevada en México y con un apoyo institucional que depende de "voluntades variables", estos deportistas están ahí no gracias al sistema, sino a pesar de él.
La segunda historia que me movió fue la reforma de las 40 horas. Suena bien, ¿no? Reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales. México finalmente poniéndose al nivel de los estándares internacionales, cuidando el bienestar de 13.4 millones de trabajadores. El Senado ya la aprobó el 11 de febrero y ahora está en Diputados.
Pero cuando rascas un poco más allá del titular, empiezan a aparecer las grietas. La reforma no garantiza dos días de descanso obligatorios a la semana. Eso significa que puedes trabajar tus 40 horas... en seis días en lugar de cinco. ¿Dónde quedó entonces ese tiempo extra para la familia, para descansar, para vivir? Además, el límite de horas extras subió de 9 a 12 semanales, lo que en la práctica podría terminar siendo una invitación a seguir trabajando más de lo que la reforma promete reducir.
Y por si fuera poco, la implementación será gradual: 46 horas en 2027, 44 en 2028, 42 en 2029, y hasta 2030 llegaremos a las 40. Cuatro años para hacer algo que otros países lograron de un plumazo. Mientras tanto, hay cambios en la definición de "jornada laboral" que excluyen tiempos de espera y traslados, lo que podría significar un retroceso en derechos que ya teníamos. Los expertos advierten que esto podría afectar especialmente a las pequeñas y medianas empresas, que no tienen los recursos para adaptarse gradualmente sin apoyo real.
Las dos historias tienen algo en común: son avances que suenan bien en los discursos, pero que en la realidad están llenos de peros, de asteriscos, de condiciones que los vuelven menos brillantes de lo que deberían ser. Son como promesas a medias, como cuando alguien te dice "te quiero mucho, pero..." y sabes que después de ese "pero" viene algo que te va a apachurrar el corazón.
Pero aquí está la cosa: a pesar de todo, nuestros atletas van a competir. Van a dar lo mejor de sí mismos en esas pistas de hielo y nieve, cargando no solo con el peso de sus esquíes o patines, sino con el orgullo de un país que quizá no los apoyó como debía, pero al que igual representan con todo. Y los trabajadores mexicanos seguiremos levantándonos cada día, buscando ese balance entre ganarnos la vida y vivir la vida, aunque las leyes no nos pongan las cosas tan fáciles como prometen.
Porque al final, esa es la esperanza que no se pierde: la de seguir buscando un mundo mejor, aunque sea a pesar de todo. La de no dejar el cien, aunque incluso ese cien no sea suficiente para el sistema que tenemos. La de saber que cada pequeño paso cuenta, incluso si es más lento y complicado de lo que debería ser.
Este Día del Amor y la Amistad, me quedo pensando en eso: en el amor que le tenemos a lo que hacemos, a quienes somos, al país que queremos construir. Y en la amistad que necesitamos unos con otros para lograrlo. Porque si algo nos enseñan estas historias es que cuando el apoyo de arriba falla, el de los lados se vuelve indispensable.
Con el corazón apachurrado, sí. Pero también con la esperanza intacta.




