La medalla equivocada
Tengo en mi pasado algunas medallas de running y karate. Primeros, segundos y terceros lugares que acumulé, entre otras razones, porque descubrí algo que muy poca gente sabe: en diciembre casi nadie quiere ir a correr bajo el frío. Las carreras de fin de año tienen menos competencia, y una corredora suficientemente intensa (o suficientemente necia, según quien lo cuente) puede encontrar ahí su momento. No es trampa. Es leer el contexto.
Y precisamente por eso tengo una vaga idea de lo que se siente estar en los tres escalones del podio.
Hay una escena que se repite en cada olimpiada y que nadie sabe bien cómo leer.
El oro celebra. El bronce también celebra. Y la plata... la plata sonríe para la foto, pero algo no cuadra. Algo en los ojos dice que esa no es la sonrisa de quien ganó, sino la de quien perdió de la manera más elegante posible.
En Milano-Cortina 2026, puede que esté pasando. Y esta vez, ya tenemos los datos para entender por qué.
Desde 1995, los psicólogos Victoria Medvec y Thomas Gilovich de la Cornell University llevan estudiando exactamente este fenómeno. Analizaron las expresiones faciales de los medallistas olímpicos, primero en Barcelona 92, luego replicado en juegos subsecuentes, y encontraron algo que parece un error de sistema: en una escala del 1 (agonía) al 10 (éxtasis), los medallistas de bronce sacaron 7.1 en promedio. Los de plata, 4.8.
No es un empate técnico. Es una diferencia enorme.
Y la explicación que tienen los psicólogos es tan simple que duele: el medallista de plata piensa "casi gano el oro". El de bronce piensa "casi no llego al podio". Mismo resultado objetivo, marcos de referencia completamente distintos. El primero vive en la pérdida. El segundo, en la ganancia.
Lo llaman counterfactual thinking, el pensamiento contrafactual, que es básicamente el arte de torturarse con lo que pudo haber sido.
Ahora bien, aquí es donde yo me pregunto: ¿por qué nos enseñaron a vivir como medallistas de plata?
Toda la cultura del rendimiento, toda la narrativa del hustle, todo el "si no vas por el oro para qué vas" nos programa exactamente para ese tipo de comparación. Siempre hacia arriba. Siempre contra el mejor resultado posible. Siempre midiendo lo que faltó, nunca lo que llegó.
Y con eso, fabricamos una generación de gente que no sabe celebrar lo que logró porque está demasiado ocupada lamentando lo que no.
Yo lo he visto en personas brillantísimas que terminaron un proyecto enorme y en lugar de tomarse un segundo para respirar, ya estaban listando todo lo que salió mal. En equipos que llegaron a metas que hace dos años habrían parecido imposibles y el festejo duró exactamente lo que tarda en cargar el siguiente dashboard. En personas que se graduaron, consiguieron el trabajo, viajaron a donde querían ir, y aun así sienten que algo falta, porque siempre hay alguien que se graduó antes, que consiguió mejor trabajo, que viajó más lejos.
El problema no es la ambición. La ambición está bien. El problema es que confundimos el punto de comparación.
El medallista de bronce no es conformista. No llegó al podio olímpico siendo alguien que se rinde. Entrenó igual de duro que los otros dos. Compitió igual de en serio. Pero su celebración no está contaminada por lo que no pasó, porque su punto de referencia es no estar ahí.
Eso no es resignación. Eso es saber dónde estabas antes de llegar donde estás.
Hay una diferencia enorme entre conformarse, que implica dejar de esforzarse, aceptar algo que no quieres, y ser capaz de reconocer el valor real de lo que lograste. No son lo mismo. Y el miedo que le tenemos a lo segundo nos está robando muchas cosas: la satisfacción del proceso, la capacidad de celebrar, la posibilidad de que el camino mismo tenga sentido y no solo la línea de llegada.
Porque la meta cambia. Siempre cambia. Llegas al podio y el siguiente ciclo olímpico ya empezó. Consigues el ascenso y el siguiente nivel ya existe. Terminas el proyecto y el siguiente ya está en el backlog. Si tu único punto de felicidad es el oro, vas a vivir en deuda con la vida casi todo el tiempo.
Milano-Cortina 2026 tiene atletas que dedicaron cuatro años, o más, a este momento. Algunos están ganando. Muchos no. Y entre los que ganan, algunos cargan su medalla como un trofeo y otros como un consuelo.
No estoy diciendo que aspiremos menos. Estoy diciendo que podríamos aprender a mirar distinto.
El bronce no es el premio de consolación. A veces, el bronce es la única medalla que te deja disfrutar el podio.
Referencias:
Medvec, V. H., Madey, S. F., & Gilovich, T. (1995). When less is more: Counterfactual thinking and satisfaction among Olympic medalists. Journal of Personality and Social Psychology, 69(4), 603–610. https://doi.org/10.1037/0022-3514.69.4.603
Hedgcock, W. M., Luangrath, A. W., & Webster, R. (2021). Counterfactual thinking and facial expressions among Olympic medalists: A conceptual replication of Medvec, Madey, and Gilovich’s (1995) findings. Journal of Experimental Psychology: General, 150(6), e13–e21. https://doi.org/10.1037/xge0000992




