#8M ¿Para qué sirve marchar? Para que siga sucediendo.
Sigo hablando del #8M y de la marcha. Si ya te cansaste del tema, nos vemos en abril. Si no, quédate.
Te quiero contar ahora que cada año hay alguien que me pregunta lo mismo y sin falta: ¿para qué sirve? A veces con curiosidad genuina. A veces con ese tonito que ya reconozco, el que sugiere que salir a la calle es un ejercicio de nostalgia, un ritual sin destino, una rabieta organizada.
Para esas personas, y para las que ya marchamos pero a veces también nos preguntamos si algo está cambiando: la respuesta corta es que no lo sabemos aún. La respuesta larga es esta entrada.
Lo que vivimos hoy es un recordatorio constante de que el dedo no se quita del renglón. Y si piensas que el movimiento se va a diluir el próximo año, o el que sigue, puede ser que estés muy equivocado.
Y no tienes que agotarte para que eso cuente. La resistencia no se mide en quién más se destruye por la causa. Se mide en quién sigue ahí mañana.
Esta semana estuve escuchando el más reciente episodio de Cuarto para las Cuatro, un podcast de análisis político con perspectiva feminista, y las analistas pusieron en palabras algo que yo sentía pero no había terminado de articular: los derechos no son trofeos en una vitrina. Son un jardín que se muere si no lo cultivas.
Suena bonito, pero la implicación es brutal: si no estás ahí, alguien más decide qué crece y qué no.
Tenemos una mujer en la presidencia. Se rompió el famoso techo de cristal. Y aun así, las demandas del #8M son exactamente las mismas que hace diez años. Feminicidios de universitarias en el Estado de México. Mujeres jóvenes en Morelos. 804 millones de mujeres en el mundo que han sufrido algún tipo de violencia. El número es tan grande que el cerebro lo procesa como estadística y no como lo que es: personas.
Eso es lo que pasa cuando ponemos demasiado énfasis en quién llega arriba y muy poco en qué vive el 99% que se queda abajo. Celebramos que una mujer llegue al poder, pero eso no le da a nadie un sistema de cuidados, un salario justo, ni una jornada laboral que no la destruya.
No es que esté mal que lleguen mujeres a los puestos de decisión. Es que eso sólo no alcanza.
Hay otro tema que me incomoda hablar, pero que también salió en el podcast y que vale la pena nombrar: el feministómetro.
Esa exigencia de ser la feminista perfecta. De tener la posición correcta, el lenguaje correcto, la historia correcta. De dar el cien en cada conversación, cada marcha, cada publicación. Y si no cumples, quedas fuera.
Pero aquí está la pregunta que vale la pena hacerse dos veces: ¿por qué asumimos que la única forma válida de participar es la que te agota?
El movimiento no necesita mártires. Necesita gente que pueda seguir mañana, la próxima semana, el próximo año. Una feminista que descansa sigue siendo feminista. Una que no sabe todo todavía sigue siendo bienvenida. Ese agotamiento que genera el feministómetro convierte a mujeres que podrían estar en la lucha activa en espectadoras, no porque no les importe, sino porque el costo de participar se siente demasiado alto.
Eso no le conviene a nadie.
Porque el contexto global no está a nuestro favor, y lo necesitamos todo.
Irán es el ejemplo más escalofriante: en los años 70, las mujeres iraníes tenían libertades que hoy son inimaginables en ese país. Los derechos se fueron. No de golpe, sino poco a poco, hasta que un día ya no estaban.
Y en el mundo de hoy, donde líderes que prometen "orden" y "masculinidad" ganan elecciones, donde la militarización avanza como solución a todo, siendo que el miedo a sufrir una agresión sexual aumenta cuando interviene el ejército, no disminuye, donde las mujeres terminamos peleando entre nosotras por migajas de poder en lugar de exigir la mitad del pastel, el riesgo de retroceso es muy real.
No es paranoia. Es historia.
Entonces, ¿para qué marchar?
Para no dar nada por sentado. Para que quede registro de que estamos aquí, que seguimos aquí. Para construir desde abajo las redes que el Estado no construye, como lo han hecho las madres buscadoras, que en menos de una década armaron organizaciones nacionales efectivas desde sus propias necesidades, sin esperar permiso de nadie.
Para fortalecer el diálogo entre generaciones, porque las marchas de hoy no se parecen a las de antes, y eso es bueno. Más diversas, más ruidosas, más difíciles de ignorar.
Y para cultivar ese jardín. No tienes que ser la que más riega. No tienes que estar en primera fila cada vez. Pero sí tienes que aparecer, a tu ritmo, con lo que tienes, desde donde puedes. Porque la resistencia sostenible no es la que se quema en un año; es la que sabe cuándo respirar para poder seguir.
El túnel existe. No lo voy a romantizar. Pero pensar que vamos a dejar de caminar en él es no entender nada sobre lo que nos trajo hasta aquí.
El dedo no se quita del renglón.
Escúchala en Cuarto para las Cuatro: youtu.be/heRH9f8j-Nc




