9 de marzo. El día después
Ya perdí la cuenta de cuántas marchas llevo. Y aun así, la montaña rusa de ayer se sintió igual de intensa que la primera vez.
Hay emociones que ya reconozco, aunque no por eso duelen menos. La emoción de ver a tanta gente junta: mujeres con pancartas, con sus amigas, con sus mamás, con sus hijas e hijos pequeños que todavía no entienden del todo por qué están ahí, pero que van. Eso me conmueve cada año. Sin falta.
Y luego está el tendedero.
Es exactamente lo que suena: hojas tendidas donde mujeres escriben denuncias de lo que les pasó. Nombres, fechas, lugares. A veces solo una frase. A veces un párrafo que no alcanza para contener lo que carga. Y junto a las palabras, las fotos de los agresores, censuradas, pero ahí, recordándonos que tienen cara, que tienen nombre, que existen y que siguen sueltos. Leerlo y verlo es necesario y es brutal. La rabia que siento ahí no es nueva, pero tampoco se acostumbra. Impunidad. Injusticia. Impotencia. Las tres juntas, como siempre.
Vi un reel hace poco que hablaba de algo llamado weaponized curiosity, la curiosidad armada, convertida en arma. La idea de usar preguntas no para entender, sino para desestabilizar, para atrapar, para hacer que el otro gaste energía justificándose. Y pensé: eso lo hacemos vivir a las mujeres todo el tiempo. ¿Por qué marchan si ya tienen derechos? ¿Por qué tanto escándalo? ¿Y tú, qué has hecho? Preguntas que no buscan respuesta. Que buscan que te canses.
La marcha es, entre otras cosas, la respuesta a eso. Es no cansarse. Es no dejar que la violencia contra las mujeres se vuelva un tema de temporada, algo que es trending topic una semana y al siguiente ya nadie recuerda. En este país tenemos una habilidad muy afinada para voltear la página antes de terminar de leerla. La marcha es doblar la esquina de esa página y volver.
No es celebración. Nunca lo ha sido. Es recordatorio. Es exigencia. Es presencia colectiva frente a la indiferencia que, hay que decirlo, también es una forma de violencia.
Hoy muchas de las que marchamos ayer volvemos a nuestros trabajos, a nuestras casas, a nuestras rutinas. Y la vida va a seguir pidiéndonos el cien de todo. Pero por un día, en las calles, quedó claro que no estamos solas. Y eso, aunque no cambie todo, cambia algo.


