¿Qué tan lejos puedes llegar con poco?
En mi casa siempre hay un deporte en la tele.
No importa cuál. Fútbol, beisbol, tenis, natación, lo que sea. Mi papá tiene ese canal siempre abierto, como ruido de fondo del universo. Y como consecuencia accidental de haber crecido así, yo estoy más o menos enterada de lo que pasa en una cantidad bastante variada de deportes, sin tener pasión particular por ninguno. Es información que me llega sola, como el clima.
Por eso sé lo que pasó en el Roland Garros de este año.
Lo que me importa de él, para ser exacta. Porque la final masculina me generó cero interés, que el tenis masculino se celebre solo. Yo prefiero por mucho, la otra historia
Maja Chwalinska, tenista polaca de 24 años, llegó a París rankeada en el lugar 114 del mundo. Llegó desde la fase clasificatoria, es decir, desde antes del torneo oficial. Ganó nueve partidos consecutivos para llegar a la final. Y llegó sin patrocinador.
Sin patrocinador significa sin uniforme de marca, sin equipo pagado por alguien más, sin el aparato que normalmente rodea a las jugadoras que llegan a ese nivel. Chwalinska no eligió el minimalismo como declaración de rebeldía estética; lo hizo porque era su única opción. Jugó con ropa sacada literalmente de su propio armario. Y en algún momento de la tercera semana, confesó en rueda de prensa que le preocupaba no tener dinero suficiente para seguir pagando el hotel, porque los premios del torneo se pagan al final, no durante. "Recen por mí", dijo, entre risas.
Cuando le preguntaron si tenía una historia que contar, respondió:
"No hay ninguna historia. No tengo patrocinador. Esa es la historia, creo."
Pero hay más historia. Porque los 18 años que Maja lleva entrenando no fueron lineales ni gloriosos. Entre 2019 y 2021 luchó contra una depresión. "Lo que más me gustaba se convirtió de repente en una fuente de sufrimiento", contó después. "Asociaba el tenis con presión, estrés y lágrimas." Se fue a casa de sus padres. Hizo una pausa. Probó con el running y con el boxeo para canalizar sus emociones, pero no funcionó. Volvió a las canchas cuando estuvo lista, no antes. Y cuando volvió, lo hizo con algo diferente: "Ya no soy tan exigente conmigo misma. Antes, cuando pegaba una mala derecha, me repetía que era malísima. Ya no me flagelo."
Ese es el recorrido real detrás de los nueve partidos ganados en París.
Y eso es lo que me quedó rodando.
Porque la narrativa fácil es la de siempre: mira lo que se puede lograr con esfuerzo, sin recursos, desde abajo. La historia del underdog que llega lejos con lo que tiene. Y sí, esa historia emociona, y no por nada emociona, porque algo en ella es verdad.
Pero hay otra lectura.
Si una jugadora puede llegar a la final de uno de los torneos más importantes del mundo con ropa de su clóset y preocupándose por el hotel, entonces la pregunta no es solo ¿qué tan lejos puedes llegar con poco? La pregunta también es ¿por qué el sistema está diseñado para que tener un patrocinador sea la diferencia entre poder concentrarte en jugar o estar calculando si te alcanza para otra noche en París?
Los patrocinadores no solo ponen el logo en tu playera. Te dan un equipo: entrenador, fisioterapeuta, psicóloga deportiva, equipo técnico. Te dan el gear optimizado, sí, pero sobre todo te dan la tranquilidad logística que libera tu cabeza para hacer una sola cosa: jugar. Eso no es un lujo menor. Es infraestructura cognitiva.
Y aun así, Maja llegó a la final.
Lo cual me hace pensar en algo que llevo tiempo intentando articular: que quizás el gear suficientemente bueno, el good enough, combinado con entrenamiento real y sostenido, no es la versión pobre del éxito. Es simplemente otra versión de él. Una que no depende de que alguien te elija antes de que demuestres nada.
La paradoja del patrocinio en el deporte de alto rendimiento es la misma que en casi cualquier industria: necesitas los recursos para demostrar que los mereces, pero solo te dan los recursos si ya lo demostraste. Maja rompió ese círculo no porque tuviera más, sino porque entrenó durante dieciocho años, con pausas incluidas, sin garantías. Y porque aprendió, en el camino, a no exigirse el cien de sí misma todo el tiempo.
"De repente fue un gran salto, pero en realidad he trabajado muy duro por 18 años", dijo después.
Dieciocho años. Con una depresión en medio. Con ropa de su clóset al final.
Eso no es inspiracional en el sentido de que te deja con ganas de conquistar el mundo un lunes por la mañana. Es inspiracional en el sentido más incómodo: el de que a veces el trabajo consistente, sin glamour, sin respaldo, sin el uniforme bonito, con las pausas necesarias, es lo único que hay.
No siempre. No para todxs. El sistema sigue siendo injusto y eso no se romantiza.
Pero a veces sí.
Y eso, honestamente, es todo lo que tenemos.




