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SE REFIERE A REALIZAR ACTIVIDADES CON EL MÍNIMO ESFUERZO, SE REFIERE A PREGUNTARSE DOS VECES EL PORQUÉ DE LAS COSAS Y SE REFIERE A LA ACEPTACIÓN DE LO QUE SOMOS.

Hay un insecto en la sala

Hay un insecto en la sala

Hay una historia que empieza así: un hombre se despierta convertido en un insecto gigante y su primer pensamiento es que va a llegar tarde al trabajo.

No es una metáfora. Bueno, sí, pero también es literal. Está ahí, en la primera página. El cuerpo ya no es reconocible, ya no responde, ya no es humano, y aun así la mente va directo a: el jefe, la deuda, el horario. La identidad laboral sobrevive intacta al colapso físico.

Eso fue lo primero que me resonó hace ya algunos años de cuando leí esta historia.

Lo segundo fue la hermana.

Nadie en la familia se sienta a decidir quién se va a hacer cargo. Simplemente, ella lo hace. Le lleva la comida, aprende qué le gusta, limpia sin que nadie se lo pida, aguanta. Durante semanas. Meses. Hasta que un día ya no puede más, y lo dice: ya no es mi hermano, ya no puedo seguir. Y lo suelta.

La historia no la juzga. No la absuelve tampoco. Solo la describe. Y en esa descripción cabe todo lo que seguimos sin resolver: quién cuida, por qué, hasta cuándo, y si alguien va a reconocerlo alguna vez.

Pero lo que más me incomodó fue otra cosa.

Mientras él se va apagando, el resto de la familia despierta. El padre, que llevaba años en una especie de derrota instalada, vuelve a trabajar. La madre aprende a moverse sin él. La hermana florece, literalmente: al final hay una escena donde los padres la miran y piensan que ya es hora de buscarle un buen futuro. La tragedia de uno fue la condición para que los demás se realizaran. La historia tampoco juzga eso. Solo lo muestra, con una frialdad que duele más que cualquier moraleja.

Y lo que no dejo de pensar, después de terminar de leerla, es que esta historia tiene más de cien años.

Que si resuena tanto hoy, si reconocemos en ella algo de nuestra propia vida o de la vida de alguien que conocemos, es porque algo no hemos resuelto. El trabajo que devora antes que el cuerpo ceda. El cuidado que se distribuye en silencio. Los que despiertan sobre la crisis de otro.

La semana pasada escribí sobre cómo la ficción nos advierte y seguimos tratándola como tarea del bachillerato. Pues bien: La metamorfosis, de Franz Kafka, 1915.

Aquí seguimos.

Para qué leer si ya hay una forma más rápida

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