“Ya casi”, “denme unos minutos”, “quedo atento”

Terminó octubre y me quedé mirando las tres historias que te conté como quien revisa la escena de un crimen: ¿qué tienen en común? Cero fantasmas, cero sangre. Y aun así, tengo que admitirlo, me dieron más miedo que la serie de Carrie.

Si llegaste tarde, un recuento rápido. En La escalera, alguien guía a su equipo por una escalera que antes estaba iluminada y ahora tiene escalones que no coinciden, con una linterna que alcanza para tres peldaños y una frase para todo: “ya casi”. En La sala que esperó, una pantalla se congela en plena presentación y la sala no se queja, no se mueve y espera con una paciencia que no es humana. En El escritorio de Teo, alguien se va, la vacante nunca se abre y el trabajo se reparte entre quienes se quedan, hasta que empiezan a hablar, a quedarse y a trabajar como la persona ausente.

En ninguna de las historias hay un villano. Hay un proceso que “sigue en proceso”, un público que simplemente espera, un equipo que cubre “nomás un rato”. El miedo no viene de alguien que decide mal, viene de que nadie decidió nada y aun así todo pasó.

Lo segundo es que en las tres hay una persona sosteniendo algo para otras, y en las tres el grupo confía, calla y espera. Nadie pregunta. El silencio asume que todos estan de acuerdo.

Lo tercero me costó verlo hasta el final: lo que hace de pegamento son frases que decimos todos los días para seguir adelante. “Ya casi.” “Denme unos minutos.” “Quedo atento.” Son frases de buena fe y buena educación, pero repetidas sin certeza empiezan a significar otra cosa.

Debajo de las tres está el miedo que quería nombrar desde el principio: la incertidumbre. No el no saber, que es incómodo pero se soporta, sino tener que actuar como si supieras para que otras personas puedan seguir avanzando.

Y aquí viene la parte que menos esperaba escribir. Me han dicho más de una vez, como elogio: “ella navega muy bien en la ambigüedad”. Y lo agradezco, de verdad. Pero me cuesta más de lo que debería enorgullecerme. Porque quien navega bien en la ambigüedad suele ser quien sostiene la linterna, cubre el escritorio y espera con la pantalla en negro. Es una habilidad real, y a la vez una forma de absorber lo que alguien más no resolvió. Lo que se celebra por encima se paga por debajo.

Lo bueno de ponerle nombre a un miedo es que deja de ser un pasillo oscuro y se convierte en una lista de frases, y una lista de frases se puede revisar. Yo ya empecé a vigilar cuántas veces digo “ya casi”. Si es verdad, perfecto. Si no, quizá toque decir lo que sí veo: tres escalones, pero esos los veo bien.

Gracias por llegar hasta el final de esta miniserie sobre nuestros terrores godín (sin contar el pánico al lunes). Si alguna de estas líneas te sonó familiar, bienvenida al club: seguimos caminando sin brújula, pero cruzando los dedos y esperando lo mejor.

Monica Aranda

Mexican, female. 30 something years old. Graphic designer & Film-watcher

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